“Yo, de niño ─-dice Borges─- temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz”. Quizás, es lo que ocurre cuando miramos nuestra realidad judicial a la luz de la polémica desatada por la reforma a la Corte Suprema de Argentina.

Véase cuán distinta es dicha cara. En Argentina, la Corte Suprema tiene cinco miembros y vela por la constitucionalidad de las leyes. Algo así como nuestro Tribunal Constitucional. Curiosamente, nadie discute que la Corte tenga atribuciones contramayoritarias. Sin embargo, ahora el gobierno quiere modificar su estructura y competencias, aumentando el número de miembros y agregándole facultades de un tribunal de casación, con varias salas especializadas. Algo así como nuestra Corte Suprema. Parece que los peronistas quieren que su Poder Judicial se parezca más al nuestro, lo que genera la ira de la oposición. Extraño, ¿no?

Basta pasar la mano sobre las aguas para descubrir qué esconden bajo su reflejo. En medio de los escándalos por muertes y corrupción que rodean a Cristina Fernández, los argentinos sospechan que la reforma es un mecanismo para facilitar su impunidad. La comisión de notables propuesta por el Presidente para la reforma cuenta con la presencia de Alberto Beraldi, abogado defensor de Cristina Fernández. Se teme, además, que la reforma diluya el poder de los jueces. Y como Argentina es un país federal en que cada provincia cuenta con su propia Corte Suprema, la Corte Suprema de la Nación acabaría convirtiéndose en una cuarta instancia, extendiendo enormemente la duración de los juicios. Todo muy conveniente para la exPresidenta.

La estructura de la Corte Suprema ya había sufrido cambios bajo Menem y Kirchner. Por otra parte, el Consejo de la Magistratura ─a cargo del gobierno judicial─ se encuentra fuertemente politizado. La ampliación de los miembros de la Corte Suprema da espacio al gobierno para politizar aún más el sistema. En suma, un Poder Judicial debilitado por el deseo de los políticos de controlar a los jueces.

Los abogados, que suelen perderse en el bosque de los detalles y tecnicismos, me dirán que acá tenemos tradiciones judiciales distintas y que toda comparación es imposible. Pero, así como los espejos de los circos, Argentina nos muestra la imagen deforme y desatada de una pulsión que nosotros también hemos empezado a desarrollar. Hoy en Chile, el Senado pretende bloquear el ingreso a la Corte Suprema de todos los jueces cuyas sentencias no sean de su agrado, incluso si éstos se limitaron a aplicar la ley. Y hace dos años, la Cámara de Diputados intentó destituir a tres ministros de la Corte Suprema por razones análogas.

Es cierto que nuestros parlamentarios aún no han modificado las leyes que regulan al Poder Judicial, pero ya han comenzado a torcerlas a su gusto. Borges dice que ahora teme “que el espejo encierre el verdadero rostro de mi alma”. Por mi parte, temo algo peor: que nos muestre el alma de nuestros políticos.