El juez Daniel Urrutia culpó a los tribunales de justicia de los excesos policiales del 18-O. “El poder judicial ha servido como parte del dispositivo de represión”, dijo ante la Convención Constitucional. Luego, acusó al Poder Judicial de colaborar con la dictadura y afirmó que se trata de “una institución que fue construida en la colonia por una elite europea para dominar y reprimir a las primeras naciones de la región”.

                Recibió aplausos y gestos de indignada empatía. Luego, cuando algunos ciudadanos y miembros del Poder Judicial osaron manifestar su molestia, 54 convencionales firmaron una carta en defensa de Urrutia: todos de un extremo ideológico de la Convención, ninguno de alguna extracción diversa que pudiera dar algún viso de transversalidad.

                Ni Urrutia ni los 54 convencionales se han enterado de que existe otra idea de justicia que la suya propia, menos asociada a la imagen del puño en alto y más al de la balanza. La justicia del puño exige la “libertad pa lxs presxs x luchar”, porque no concibe otra forma de acción que la “lucha”, incluso cuando ésta consiste en quemar, incendiar o incluso asesinar. Inspirada por un espíritu adversarial, entiende que hacer justicia es tomar parte por un bando y vencer al contrincante, arrasando con todo aquello que se oponga al ideal justiciero. Por supuesto, también la ley es vista como un obstáculo que debe infringirse por la fuerza si es necesario.

                La justicia de la balanza parte del supuesto contrario: no tenemos un acuerdo sobre qué es la justicia. Algunos piensan que Chile redistribuye poco; otros creen que los impuestos son un robo. Algunos sostienen que la mujer debe decidir sobre su cuerpo; otros responden que el aborto es un asesinato. Ante el fenómeno creciente del desacuerdo sobre asuntos fundamentales que, sin embargo, no nos exime de la necesidad de vivir juntos, la balanza representa una idea de justicia imparcial y minimalista.

                De aquí se sigue la tradicional reverencia que la justicia de la balanza manifiesta por la ley. En las sociedades democráticas, la ley es hija de la deliberación y del siempre imperfecto acomodo entre intereses y puntos de vista divergentes. Así, mediando entre aquellos que buscan impedir toda manifestación de disidencia y los que preguntan que cómo quieren que no lo quememos todo, la ley establece un punto medio, asegurando el derecho a protestar, pero pacíficamente y sin armas. No otra cosa han cautelado los tribunales de justicia.

                Como el juez es el guardián de la ley, cae sobre sus hombros la difícil tarea de dejarlos contentos a todos y nadie: una labor fundamental que nuestros jueces cumplen silenciosamente, resistiendo un vendaval de críticas y, peor aún, su propia frustración de tener que aplicar una justicia imperfecta. Para ello se requiere humildad, valentía y madurez, virtudes a las que no rendimos suficiente tributo.

                Obviamente, cada uno puede adherir a la idea de justicia que mejor le parezca. Pero la próxima vez que Urrutia levante el puño junto a sus correligionarios, debería responder esta pregunta: ¿Qué símbolo adorna la institución para la que trabaja?

José Miguel Aldunate, Director de Estudios de Observatorio Judicial, en Diario Financiero.