La próxima semana, la sala del Senado vota en general el proyecto de indulto a los presos del estallido social. Por primera vez se nota una cierta incomodidad entre los promotores de la iniciativa. La retórica inflada sobre la supuesta existencia de “presos” fue sustituida por una más moderada preocupación por el abuso de la prisión preventiva. Ya se han anunciado varias indicaciones que minimizan el alcance del proyecto. Y en los debates, los candidatos presidenciales que están detrás de la iniciativa más parecen querer eludir el tema que asumirlo como bandera de campaña.

¿A qué atribuir el giro? Aunque la ola refundacional sigue su cauce, comienzan a vislumbrarse cambios en la marea. Como mostró la última encuesta CEP, las protestas de 2019 han perdido apoyo y la principal preocupación de los chilenos volvió a ser la delincuencia. Los actos de vandalismo conmemorativo del último 18 de octubre contaron con menos defensores que en años anteriores y los relativizadores de la violencia se mostraron, por primera vez, a la defensiva.

Malo estuvo entonces el cálculo de Boric, Provoste y todos los que apostaron por la libertad a los violetistas. Luego del estallido social y de los resultados del plebiscito, pareció natural asumir la inexorabilidad de la refundación del país bajo las banderas de la extrema izquierda, incluyendo la reivindicación de la violencia revolucionaria. Ante semejante clima de opinión, defender la causa de la primera línea era apostar a ganador. La propia Convención Constitucional, en una clara extralimitación de funciones, starts su vida política exigiendo que el Congreso indultara a los imputados del estallido social.

Pero, como dijo George Orwell, “el culto al poder enturbia el criterio político, porque conduce, de forma casi inevitable, a la creencia de que las tendencias actuales persistirán. Quien quiera que esté ganando en un determinado momento dará siempre la impresión de ser invencible”.

Sin embargo, nadie es invencible. Si algo caracteriza a los tiempos que corren es la inestabilidad de la opinión pública y la infidelidad de los ciudadanos con sus representantes.

Algunos, no conformes con obviar este hecho evidente, insisten en el camino equivocado cuando todos los signos del error están arriba de la mesa.

En efecto, el indulto a los violetistas se suma al grueso expediente de la insensibilidad de cierta clase política con el problema de la seguridad y el orden público. Una cosa, ya de por sí bastante grave, es omitir toda mención al problema de la violencia o contentarse con condenas genéricas; otra, muy distinta y peor, es endorsar activamente la impunidad de los violetistas.

En este sentido, el proyecto de ley de indulto supera las peores caricaturas de la izquierda como defensora de los delincuentes.

Como es obvio, si se rechaza el indulto, quienes apoyaron la violencia saldrán derrotados. Pero si la iniciativa se aprueba en general y su tramitación legislativa continúa, sus promotores pueden estar colaborando inadvertidamente con una derrota mucho más profunda.

José Miguel Aldunate, Director de Estudios de Observatorio Judicial, en Diario Financiero